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La Sal del Mar
Victor Marín, Rodrigo Díaz Plá & Francisco Aguilera
Portada trasera — La Sal del Mar
Lomo — La Sal del Mar
Portada — La Sal del Mar
130 pp., Libro, Tapa blanda o rústica
Colección Líneas
Santiago
11.5 × 17.2 cm
Español
Autoría / Autor Testimonial
Victor Marín
Autoría / Investigación y recopilación
Rodrigo Díaz Plá
Autoría / Adaptación Literaria
Francisco Aguilera
Prólogo de
Walter Imilan Ojeda
Diseño y Diagramación
Luis Iturra Muñoz
La Sal del Mar, de Víctor Marín Álvarez (autor testimonial), con investigación y recopilación de Rodrigo Díaz Plá y adaptación literaria de Francisco Aguilera, es el relato de una vida profundamente ligada al mar y a la identidad changa. A través de una voz directa y cargada de memoria, el libro reconstruye una infancia en las caletas del norte de Chile, donde la familia, el aprendizaje del buceo y la pesca, y los saberes heredados —muchos de ellos provenientes de antiguas tradiciones changas— configuran un mundo marcado por el trabajo, el riesgo y la cercanía con la naturaleza.

A lo largo del relato, esta experiencia se expande hacia otros territorios y momentos: el paso por el servicio militar, las economías extractivas, los viajes por mar y las historias de naufragios, comercio y supervivencia. Más que una biografía, el libro construye un retrato colectivo de las comunidades costeras, donde la identidad changa articula memoria, territorio y oficio. En el contexto chileno, su importancia radica en rescatar y visibilizar una cultura históricamente marginada, aportando un testimonio fundamental sobre los modos de vida del litoral y las tensiones entre tradición y explotación de los recursos, en un país donde el mar ha sido central pero muchas de sus voces han permanecido invisibilizadas.
Extracto
Los primeros años

Ahora salgo. Desde mi casa se alcanza a ver el mar y una parte de la caleta. Desde aquí observo los botes, con sus colores rojos y amarillos, que flotan tranquilos a la distancia. Parecen no moverse, como dibujados sobre las olas. Los observo un rato: se ven borrosos. A mis años ya no puedo leer sus nombres como antes, pero sé que se trata de ellos. Ahí están: el Chico Malo, el Génesis, el Papudo. Los conozco a todos. Los conozco de memoria.

Me acuerdo que mi abuela Juana podía acordarse del nombre de cada una de sus cabras allá en las majadas, y sabía reconocerlas sin problemas. Yo también puedo hacerlo con los botes, y a falta de distinguirlos a lo lejos puedo escucharlos sin problemas. Hay uno que suena raro, pese a que está bien fondeado como el resto. Es el que tiene un arpón en la cubierta. Lo que pasa es que el bote choca con una piedra cuando la marea está baja. Siempre lo ponen más adelante, de costumbre, pero ahora los chiquillos lo han dejado muy atrás. Vaya a saber uno la razón. Tal vez tuvieron algún problema. Por eso suena: el motor tiene que quedar a la buena altura para que el bote no choque por abajo. Como dicen: es una técnica marítima.

Sería lindo subirse en uno de los botes y tomar los remos para dar una vuelta. Como hacíamos con mi hermano Jaime cuando salíamos a pescar con el abuelo. Pero entonces era el viejo el que maniobraba el bote y daba las instrucciones, mientras Jaime y yo nos encargábamos de la pesca. Siempre fuimos buenos para eso. Sobre todo mi hermano. A nosotros nos gustaba en todo caso. Me acuerdo que la abuela Juana nos veía desde la orilla, mientras se ocupaba de sus animales, y nos saludaba y nos hacía señas. También es lindo recordarlo.

Mi nombre es Víctor Raúl Marín Álvarez: Vitoco para los amigos o don Víctor para los que me vengan conociendo. Soy chango, buzo, pescador, pirata y navegante. En ese orden. Nací el 12 de julio de 1954 en Tongoy y no en otra parte, porque así lo había decidido mi padre, que en paz descanse, y porque fue también el caso de mi hermano mayor, Jaime Marín, que nació en la casa de los abuelos, allá arriba de un cerro, en lo que llamaban la isla. Así que soy tongoyino de nacimiento, aunque algunos no me crean. La gente se extraña a veces. Me mira con sorpresa. Pero yo agrego, como para corregirla, que mi mamá me hizo en la caleta de Chungungo, cerquita de acá de la Caleta Chañaral, así que en el fondo siempre he sido de estas costas. Todo esto que voy a contar ahora, de aquí en adelante, y que vendría siendo mi recordatorio, va en homenaje y agradecimiento a mis grandes abuelos: porque ellos fueron para mí un pedestal inmenso. Porque me enseñaron y aprendí muchas cosas. Porque están en mi mente desde siempre y a toda hora.

¿Cuál es el recuerdo más antiguo que tengo? Difícil saberlo. Porque de recuerdos tengo llena la cabeza, muchos más de los que uno podría contar en una vida entera. Pero tengo historias que me han contado de esa época, de cuando nací en Tongoy o de mis primeros años en Chañaral de Aceituno. Tengo muchas. Pero hay una que siempre me ha gustado. Una que mi mamá me contaba siempre que podía, riendo: parece que la estuviera viendo. Ocurrió en Tongoy, cuando era bien chico, tres o cuatro años habré tenido. O tal vez fue un poco después, cuando volvimos con mi familia acá a Caleta Chañaral: no lo recuerdo.

No era algo, si se quiere, que yo pudiera recordar personalmente. Yo era muy chico en ese tiempo. Era como una anécdota familiar que se fue transmitiendo: la contaba mi mamá y la contaban mis abuelos. Toda la caleta llegó a conocerla. Pero yo siempre la tuve en mi cabeza, en mi imaginación, en mi mente. Siempre. Tal vez porque la escuchaba todo el tiempo. Yo recordaba una silla y una mesa, en una pieza grande y oscura, y a mí mismo de niño avanzando dentro. De eso estaba seguro. Lo había visto y también me lo habían confirmado mis padres. Yo di mis primeros pasos en esa pieza, yo gateaba por ella. Yo había estado, y se me había olvidado, pero en el fondo lo sabía. ¿No sé si se entiende?
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